Subastas de caza

La Sierra de Gredos se alza como una arquitectura de piedra esculpida por el hielo y el tiempo, un territorio donde la geología parece haber aprendido el lenguaje de la épica. En su corazón late el Circo de Gredos, custodiado por crestas, cuchillares y riscos que ascienden hasta el Pico Almanzor, techo de la cordillera y vigía mineral de un paisaje abrupto, nacido del aliento glaciar del Cuaternario. Allí, gargantas y valles se abren como venas de agua que descienden desde las cumbres, dibujando un relieve que es a la vez herida y belleza.

La vida vegetal se reparte entre dos mundos: el norte, más húmedo y centroeuropeo, donde el piorno y los pastizales dominan la altura, y el sur, donde el melojo se aferra a las laderas más templadas. Sobre este tapiz vegetal se mueve una fauna que parece hecha a la medida de la montaña: rapaces que patrullan el aire, pequeños mamíferos que habitan el sotobosque y, sobre todo, la cabra montés, soberana indiscutible de las peñas, cuya silueta resume la esencia del territorio: resistencia, equilibrio y permanencia.

El ser humano nunca ocupó el corazón de estas alturas, limitándose a rodearlas. Pastores trashumantes y cazadores atravesaban sus cumbres sin pretender domesticarlas, estableciendo con la montaña una relación de tránsito más que de posesión. En torno a sus bordes, los pueblos desarrollaron una vida ligada a la ganadería y al aprovechamiento estacional de los pastos, dejando que el macizo permaneciera como un espacio de respeto y desafío.

Hoy, la Reserva mantiene ese equilibrio entre naturaleza y uso humano. La cabra montés sigue siendo el eje de su ordenación cinegética, mientras que la montaña ofrece nuevas formas de encuentro: senderismo, escalada, esquí o simplemente contemplación. Gredos continúa siendo lo que siempre fue: un territorio donde la verticalidad del paisaje invita a medir la pequeñez humana frente a la grandeza del tiempo.

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Subastas de caza

La Reserva Regional de Caza de Los Ancares Leoneses se extiende en el extremo noroccidental de León, allí donde la provincia se abraza con Asturias y Galicia. Es tierra de cabeceras fluviales —Ancares, Burbia, Tejeira— y de montañas que se descuelgan en laderas interminables hasta estrechos valles. Las cumbres de la Cuiña, Miravalles o Tres Obispos marcan la divisoria y dominan un paisaje áspero, modelado por el viento, la nieve y la antigua costumbre de quemar monte para ganar pastos.  Aun así, entre brezales y piornales resisten robledales y acebales que evocan el antiguo esplendor forestal de la comarca.

En torno a los pueblos sorprenden los viejos sotos de castaños, algunos centenarios, que han sostenido durante siglos la vida local: alimento, madera y cobijo. Entre los matorrales y bosques se mueve una fauna diversa: corzos abundantes, jabalíes esquivos, perdices y liebres que rompen el silencio del monte, y en los rincones más apartados, el urogallo cantábrico. Las aguas frías de los ríos acogen truchas y nutrias, mientras el oso pardo, emblema de la cordillera, dejó su huella en los cortinos de piedra que protegían las colmenas del codiciado botín de miel.

La reserva comprende veinticinco pueblos agrupados en los municipios de Balboa, Candín, Peranzanes, Vega de Espinareda y Villafranca del Bierzo. Son aldeas de piedra y pizarra, con balconadas de madera y calles estrechas, donde aún perviven pallozas y hórreos. La vida ha girado tradicionalmente en torno a la ganadería, la castaña y la miel, en una economía austera que ha marcado el carácter de sus gentes y provocado una emigración persistente. Sin embargo, las tradiciones, los magostos y la artesanía mantienen viva una identidad singular.

En este escenario de montaña atlántica, la actividad cinegética encuentra uno de sus enclaves más apreciados, con el rececho de rebeco como protagonista y la creciente presencia de la cabra montés. Corzo, ciervo y jabalí completan la oferta en un territorio que, más allá de la caza, invita al senderismo, la pesca o el esquí de travesía. Los Ancares no son solo un espacio natural; son un paisaje cultural donde naturaleza y memoria conviven con sobria armonía.

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