Subastas de caza

La Reserva Regional de Caza de Las Batuecas se extiende al sur de la provincia de Salamanca, en la abrupta Sierra de Francia, lindando con la comarca cacereña de Las Hurdes. Abarca íntegramente los municipios de Nava de Francia, La Alberca, Herguijuela de la Sierra y Monsagro, y parte de Serradilla del Arroyo, El Cabaco y El Maíllo. Más del ochenta por ciento de su territorio pertenece a montes públicos catalogados, lo que ha favorecido una gestión sostenida y una notable recuperación de la cubierta vegetal. La Peña de Francia, con su santuario en lo alto, domina un paisaje de valles profundos, laderas escarpadas y horizontes abiertos que miran hacia las llanuras salmantinas.

El territorio es un mosaico de brezales, jarales y madroñales, salpicado de enebros, alcornoques y manchas de frondosas que resisten entre barrancos. Los ríos Agadón, Francia y Batuecas surcan gargantas y valles estrechos, configurando una red hidrológica que enlaza las cuencas del Duero y el Tajo. La diversidad de hábitats sostiene una fauna de gran interés: cabra montés y corzo —reintroducidos con éxito—, nutria y gato montés, y una destacada colonia de buitre negro que anida en viejos enebros. La presencia histórica del lince ibérico y la actual riqueza de aves rapaces y especies protegidas refuerzan el valor ecológico de este enclave.

Los pueblos serranos conservan una arquitectura singular, de calles empedradas y casas entramadas de madera, adobe y piedra. La Alberca, declarada conjunto histórico, resume el carácter de la comarca, donde aún perviven tradiciones, bancales imposibles, cerezos en flor y la cultura del castaño. La ganadería, la miel y la chacinería —con embutidos de reconocido prestigio— forman parte de una economía rural que ha sabido mantener su identidad.

En el ámbito cinegético, Las Batuecas es referencia internacional por la calidad de sus trofeos de cabra montés, auténtica joya de la reserva. El corzo, en expansión, y las tradicionales batidas de jabalí completan la oferta, junto a la llegada invernal de la becada. Más allá de la caza, el visitante encuentra senderos, gastronomía serrana y un paisaje cultural que combina naturaleza, historia y autenticidad en uno de los rincones más singulares del oeste peninsular.

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Subastas de caza

La Reserva Regional de Caza de Los Ancares Leoneses se extiende en el extremo noroccidental de León, allí donde la provincia se abraza con Asturias y Galicia. Es tierra de cabeceras fluviales —Ancares, Burbia, Tejeira— y de montañas que se descuelgan en laderas interminables hasta estrechos valles. Las cumbres de la Cuiña, Miravalles o Tres Obispos marcan la divisoria y dominan un paisaje áspero, modelado por el viento, la nieve y la antigua costumbre de quemar monte para ganar pastos.  Aun así, entre brezales y piornales resisten robledales y acebales que evocan el antiguo esplendor forestal de la comarca.

En torno a los pueblos sorprenden los viejos sotos de castaños, algunos centenarios, que han sostenido durante siglos la vida local: alimento, madera y cobijo. Entre los matorrales y bosques se mueve una fauna diversa: corzos abundantes, jabalíes esquivos, perdices y liebres que rompen el silencio del monte, y en los rincones más apartados, el urogallo cantábrico. Las aguas frías de los ríos acogen truchas y nutrias, mientras el oso pardo, emblema de la cordillera, dejó su huella en los cortinos de piedra que protegían las colmenas del codiciado botín de miel.

La reserva comprende veinticinco pueblos agrupados en los municipios de Balboa, Candín, Peranzanes, Vega de Espinareda y Villafranca del Bierzo. Son aldeas de piedra y pizarra, con balconadas de madera y calles estrechas, donde aún perviven pallozas y hórreos. La vida ha girado tradicionalmente en torno a la ganadería, la castaña y la miel, en una economía austera que ha marcado el carácter de sus gentes y provocado una emigración persistente. Sin embargo, las tradiciones, los magostos y la artesanía mantienen viva una identidad singular.

En este escenario de montaña atlántica, la actividad cinegética encuentra uno de sus enclaves más apreciados, con el rececho de rebeco como protagonista y la creciente presencia de la cabra montés. Corzo, ciervo y jabalí completan la oferta en un territorio que, más allá de la caza, invita al senderismo, la pesca o el esquí de travesía. Los Ancares no son solo un espacio natural; son un paisaje cultural donde naturaleza y memoria conviven con sobria armonía.

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